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¿Quién no se ha encontrado alguna vez en su trabajo con el típico escaqueador?

Son personas aparentemente ocupadas, hábiles para escurrir el bulto y repartir ‘marrones’, y sin remordimientos a la hora de colgarse la medalla. Reconocerlos y corregir esa actitud es una tarea esencial de sus responsables para evitar que contagien sus malos hábitos al resto de compañeros e intoxiquen al equipo.

«Tengo una reunión ineludible justo a esa hora”, “ése no es mi cometido” o “a mí no me llegó ese email” son algunas de las excusas que suelen poner aquellos que saben cómo echar balones fuera en la oficina.

Son los que siempre tienen el médico en horas de trabajo, los que no encuentran dentista por la tarde, o a los que les surgen inapelables eventos familiares los viernes. Estos personajes, que han sabido hacer del escaqueo su forma de trabajo, cargan a sus compañeros con sus funciones y responsabilidades y siempre encuen-tran una oportunidad para llevarse los méritos.

 

Cómo reconocerlos

Aunque son bastante escurridizos, Ignacio Ramos, responsable de la división de Hays Retail, asegura que existen dos formas fáciles de reconocerlos: “Cuando su productividad en relación al número de horas que pasan en la oficina es menor que la de sus compañeros, o porque nunca están cuando se pregunta por ellos”. Algunos pueden pasar largas jornadas en la oficina navegando por Internet, consultando las redes sociales o su correo, tomando cafés con frecuencia o saliendo a fumar cada poco tiempo. Otros, apenas pisan el despacho. Alegan reuniones, comidas de trabajo o importantes citas de negocios que les impiden cumplir con su horario laboral.

Descubrirlos, sin embargo, lleva su tiempo. Y es que algunos han depurado tanto el arte de vivir del cuento que, a veces es complicado desenmascararles. Éstos son los que asisten a las reuniones donde aparentan aportar ideas en el debate, aunque luego éstas no se suelan poner en práctica; mandan emails con copia a todo el mundo sobre asuntos que se podrían llevar a cabo y que luego quedan en nada; son ruidosos y no dudan en parecer mártires ante sus jefes para hacer ver que están hasta arriba de trabajo.

Según Carolina Mouné, responsable de Recursos Humanos de Adecco Office y Adecco Professional, “es complicado conocer a simple vista a este tipo de trabajadores. Suelen hacer una buena entrevista en el proceso de selección y hasta que no comienzan a realizar las funciones encomendadas no se consigue identificar a estos expertos escaqueadores”. Por eso mismo, Mouné aconseja que desde el área de selección “se lleve a cabo un proceso de reclutamiento pulcro y refinado, y se comprueben siempre las referencias del candidato en cuestión”.

 

Medidas

Destapar sus tretas es el primer paso. Poner remedio supone la reacción natural de cualquier buen líder.

Ignacio Ramos cree que lo primero que hay que exigir a un empleado que vive del cuento es “una recuperación de esas horas perdidas”. Si esta medida no causa efecto y el escaqueador no se da por aludido, el responsable “deberá tener con él una reunión formal para atajar el problema de raíz y advertirle de que tendrá que cambiar su actitud”. Si ni siquiera esto funciona, Ramos considera que “hay que poner en práctica las medidas legales que recoge el Estatuto de los Trabajadores como, por ejemplo, la suspensión de empleo y sueldo. Y si la ausencia es prolongada e injustificada en el tiempo se procedería a un despido disciplinario”.

Puri Paniagua, socia de Neumann International, cree que cuando se descubre a un escaqueador en el trabajo, su responsable debe exigirle “objetivos claros y medibles. Amén de hablar con él para intentar entender qué pretende cuando se escaquea y a dónde cree que va a llegar con esa actitud”. Beatriz Cordero, directora de Relaciones Laborales e Institucionales de Randstad, coincide con Paniagua y añade que para conseguir un mayor control de estos empleados resultan necesarias “reuniones periódicas de seguimiento”.

Si no se pone remedio, “se acabará premiando en igual medida al talento y a los mediocres»

Sin embargo, si no se pone remedio, “se acabará premiando en igual medida al talento y a los mediocres, y los buenos se marcharán a otras compañías en las que triunfe la meritocracia”, advierte Ramos. No sólo eso. Estos especímenes pueden llegar a contagiar su falta de interés al resto del equipo o poner a sus compañeros en un brete, pues no faltará ocasión en la que tengan que decidir si encubrir al escaqueador o delatarle. Mouné aconseja, en este caso, no hacer ni lo uno ni lo otro. Según la responsable de Recursos Humanos de Adecco Office, la mejor postura para los compañeros de aquel que escurre el bulto es “continuar con el desempeño de sus funciones y no dejarse influir por su comportamiento”. Ramos, sin embargo, cree que éstos “deben dejar un margen prudencial para que el jefe se cerciore de la situación y, si no lo hace, tienen la obligación de comunicarlo a sus superiores”. Pero antes de llegar a este punto, Paniagua recomienda a los compañeros del escaqueador “compartir su percepción del asunto y hacerle ver que su nivel de participación es distinto al del resto”. Es decir, ponerse como ejemplo para que entienda el daño que causa al equipo.

Parece evidente que en aquellas organizaciones donde se especifican con detalle las funciones de cada uno de los miembros de un equipo de trabajo y se lleva un control sobre sus tareas, es más complicado encontrar entre sus filas la figura del escaqueador. Delimitar las labores de cada empleado tanto a nivel cuantitativo como cualitativo y contar con evaluaciones periódicas facilita la extinción de esta dañina especie laboral.

 

Una mala influencia

En algunas ocasiones, es el jefe quien escurre el bulto. Un contratiempo nada baladí, pues su actitud deriva en un doble problema: por un lado, parte de su equipo imitará su conducta, lo que afectará a la productividad de su empresa, y la parte que no le emule se irá de la compañía. Aunque la figura del escaqueador puede darse en todos los niveles de una organización, es más complicado que se produzca a nivel directivo, ya que las compañías suelen otorgar estos puestos de responsabilidad a personas de confianza que hayan demostrado su esfuerzo y compromiso con la empresa. Sin embargo, hay veces en las que sucede y, cuando esto pasa, es indispensable, para una compañía madura y bien organizada, contar con mecanismos internos que lo detecten y lo corrijan.

 

VIA Expansión